Tres cañas de cerveza semanales, límite para no morir prematuramente

El exceso de alcohol, no cabe ninguna duda, es nefasto para la salud. Lo que no está tan claro es que el consumo moderado, o incluso mínimo –o ‘leve’–, no tenga consecuencias negativas para nuestro organismo. Depende del estudio que se mire. Y es que mientras algunos trabajos han sugerido que el consumo leve podría tener un efecto protector, otros han mostrado que, en realidad, da igual la cantidad y el alcohol siempre es letal. Por ejemplo, la Asociación Americana de Oncología Médica (ASCO) publicó el pasado mes de mayo un estudio que concluía que, con independencia del nivel de consumo, el alcohol provoca muchos tipos de cáncer. Da igual la cantidad. Entonces, ¿en qué quedamos? Pues para tratar arrojar luz sobre esta cuestión de una vez por todas, investigadores de la Universidad de la Reina de Belfast (Reino Unido) han llevado a cabo una nueva investigación para evaluar el impacto del alcohol sobre la mortalidad por cáncer o por cualquier causa. Y de acuerdo con los resultados, el alcohol no sale demasiado bien parado. Como explica Andrew Kunzmann, director de esta investigación publicada en la revista «PLOS Medicine», «nuestro trabajo, en el que se amplía la visión sobre la relación compleja entre el alcohol, la incidencia de cáncer y la mortalidad por enfermedad, puede ayudar a clarificar las pautas de salud pública referentes al consumo de alcohol». Hay que beber menos A día de hoy se han publicado numerosos estudios que muestran que el impacto del alcohol sobre la mortalidad tiene forma de ‘J’. O lo que es lo mismo, que el consumo leve tiene un efecto beneficioso y, por ende, reduce el riesgo de mortalidad prematura, muy especialmente por causas cardiovasculares; que el consumo moderado es o bien beneficioso o no tiene ningún efecto, por lo que la probabilidad de deceso sería similar a la que presentan los abstemios estrictos; y que el consumo excesivo dispara el riesgo de mortalidad. Sin embargo, otros muchos estudios han alertado de que el alcohol, incluso en cantidades mínimas, mata. El resultado es un cruce de mensajes contradictorios que, si bien muy útiles para alimentar los debates científicos, tienen muy poco valor para la población. Ya sabemos que el abuso del alcohol tiene consecuencias letales, pero, ¿qué pasa si el consumo es leve o moderado? En el nuevo estudio, los autores siguieron durante un promedio de 8,9 años la evolución de 99.654 adultos que habían respondido a distintos cuestionarios sobre sus hábitos dietéticos –incluido el consumo de alcohol– entre los años 1998 y 2000 con motivo de su inclusión en el Estudio Estadounidense de Detección del Cáncer de Próstata, Pulmón, Colorrectal y Ovario (PLCO). Las personas con un consumo leve de alcohol a lo largo de toda su vida presentaron el menor riesgo de desarrollar un cáncer y de morir prematuramente Concluido el periodo de seguimiento se registraron 9.559 muertes y 12.763 nuevos casos de cáncer. Y de acuerdo con los resultados, la relación entre el consumo de alcohol y la mortalidad, oncológica o por cualquier otra causa, mostró la según los autores ‘esperable’ forma de ‘J’. De hecho, y comparadas frente a los participantes con un consumo leve de alcohol –definido como el consumo de una y tres unidades de alcohol a la semana, siendo una unidad de alcohol equivalente a un vaso de vino tinto o a una caña de cerveza–, no solo las personas con un consumo elevado –dos unidades diarias– o muy elevado –tres o más unidades diarias–, sino también aquellas cuyo consumo era nimio –menos de una unidad semanal– o absolutamente nulo, tuvieron un mayor riesgo de mortalidad general. Y llegados a este punto, ¿qué pasó en el caso específico del cáncer? Pues que una vez más, los resultados mostraron la consabida ‘J’. No en vano, las personas que mantuvieron un consumo leve de alcohol a lo largo de toda su vida presentaron el menor riesgo combinado de desarrollar un cáncer y de fallecer prematuramente. Y frente a estas, el riesgo de los participantes abstemios fue un 7% superior; el de los bebedores infrecuentes –menos de una unidad de alcohol semanal–, un 8% mayor; el de los consumidores de dos unidades diarias, un 10% superior; y el de los grandes bebedores –tres o más unidades al día–, un 21% mayor. Beneficio ‘cuestionado’ En definitiva, concluyen los autores, «el riesgo de mortalidad y de desarrollo de distintos tipos de cáncer es menor en las personas que consumen una media inferior a una unidad de alcohol diaria a lo largo de la vida, incrementándose el riesgo de algunos tumores con cada bebida semanal adicional». Una conclusión que limita las cantidades de alcohol recomendadas por las sociedades médicas –por ejemplo, las guías estadounidenses aconsejan no beber más de una unidad diaria en el caso de las mujeres y no superar las dos unidades al día en el de los varones– y que avala el consumo leve de alcohol. Pero cuidado: los autores hacen una puntualización al respecto que podrían echar por tierra los beneficios de este consumo limitado. Como concluye Andrew Kunzmann, «nuestro trabajo se ha llevado a cabo con adultos mayores y puede estar condicionado por distintos factores socioeconómicos, y los resultados no deben tomarse como un apoyo a un efecto protector del consumo leve de alcohol».
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El exceso de alcohol, no cabe ninguna duda, es nefasto para la salud. Lo que no está tan claro es que el consumo moderado, o incluso mínimo –o ‘leve’–, no tenga consecuencias negativas para nuestro organismo. Depende del estudio que se mire. Y es que mientras algunos trabajos han sugerido que el consumo leve podría tener un efecto protector, otros han mostrado que, en realidad, da igual la cantidad y el alcohol siempre es letal. Por ejemplo, la Asociación Americana de Oncología Médica (ASCO) publicó el pasado mes de mayo un estudio que concluía que, con independencia del nivel de consumo, el alcohol provoca muchos tipos de cáncer. Da igual la cantidad. Entonces, ¿en qué quedamos? Pues para tratar arrojar luz sobre esta cuestión de una vez por todas, investigadores de la Universidad de la Reina de Belfast (Reino Unido) han llevado a cabo una nueva investigación para evaluar el impacto del alcohol sobre la mortalidad por cáncer o por cualquier causa. Y de acuerdo con los resultados, el alcohol no sale demasiado bien parado. Como explica Andrew Kunzmann, director de esta investigación publicada en la revista «PLOS Medicine», «nuestro trabajo, en el que se amplía la visión sobre la relación compleja entre el alcohol, la incidencia de cáncer y la mortalidad por enfermedad, puede ayudar a clarificar las pautas de salud pública referentes al consumo de alcohol». Hay que beber menos A día de hoy se han publicado numerosos estudios que muestran que el impacto del alcohol sobre la mortalidad tiene forma de ‘J’. O lo que es lo mismo, que el consumo leve tiene un efecto beneficioso y, por ende, reduce el riesgo de mortalidad prematura, muy especialmente por causas cardiovasculares; que el consumo moderado es o bien beneficioso o no tiene ningún efecto, por lo que la probabilidad de deceso sería similar a la que presentan los abstemios estrictos; y que el consumo excesivo dispara el riesgo de mortalidad. Sin embargo, otros muchos estudios han alertado de que el alcohol, incluso en cantidades mínimas, mata. El resultado es un cruce de mensajes contradictorios que, si bien muy útiles para alimentar los debates científicos, tienen muy poco valor para la población. Ya sabemos que el abuso del alcohol tiene consecuencias letales, pero, ¿qué pasa si el consumo es leve o moderado? En el nuevo estudio, los autores siguieron durante un promedio de 8,9 años la evolución de 99.654 adultos que habían respondido a distintos cuestionarios sobre sus hábitos dietéticos –incluido el consumo de alcohol– entre los años 1998 y 2000 con motivo de su inclusión en el Estudio Estadounidense de Detección del Cáncer de Próstata, Pulmón, Colorrectal y Ovario (PLCO). Las personas con un consumo leve de alcohol a lo largo de toda su vida presentaron el menor riesgo de desarrollar un cáncer y de morir prematuramente Concluido el periodo de seguimiento se registraron 9.559 muertes y 12.763 nuevos casos de cáncer. Y de acuerdo con los resultados, la relación entre el consumo de alcohol y la mortalidad, oncológica o por cualquier otra causa, mostró la según los autores ‘esperable’ forma de ‘J’. De hecho, y comparadas frente a los participantes con un consumo leve de alcohol –definido como el consumo de una y tres unidades de alcohol a la semana, siendo una unidad de alcohol equivalente a un vaso de vino tinto o a una caña de cerveza–, no solo las personas con un consumo elevado –dos unidades diarias– o muy elevado –tres o más unidades diarias–, sino también aquellas cuyo consumo era nimio –menos de una unidad semanal– o absolutamente nulo, tuvieron un mayor riesgo de mortalidad general. Y llegados a este punto, ¿qué pasó en el caso específico del cáncer? Pues que una vez más, los resultados mostraron la consabida ‘J’. No en vano, las personas que mantuvieron un consumo leve de alcohol a lo largo de toda su vida presentaron el menor riesgo combinado de desarrollar un cáncer y de fallecer prematuramente. Y frente a estas, el riesgo de los participantes abstemios fue un 7% superior; el de los bebedores infrecuentes –menos de una unidad de alcohol semanal–, un 8% mayor; el de los consumidores de dos unidades diarias, un 10% superior; y el de los grandes bebedores –tres o más unidades al día–, un 21% mayor. Beneficio ‘cuestionado’ En definitiva, concluyen los autores, «el riesgo de mortalidad y de desarrollo de distintos tipos de cáncer es menor en las personas que consumen una media inferior a una unidad de alcohol diaria a lo largo de la vida, incrementándose el riesgo de algunos tumores con cada bebida semanal adicional». Una conclusión que limita las cantidades de alcohol recomendadas por las sociedades médicas –por ejemplo, las guías estadounidenses aconsejan no beber más de una unidad diaria en el caso de las mujeres y no superar las dos unidades al día en el de los varones– y que avala el consumo leve de alcohol. Pero cuidado: los autores hacen una puntualización al respecto que podrían echar por tierra los beneficios de este consumo limitado. Como concluye Andrew Kunzmann, «nuestro trabajo se ha llevado a cabo con adultos mayores y puede estar condicionado por distintos factores socioeconómicos, y los resultados no deben tomarse como un apoyo a un efecto protector del consumo leve de alcohol».